Es
ésta una publicación que quiere hacer un recorrido por los
diez últimos años, ¿cómo valora la evolución
de nuestra situación económica?
Sin falsos
triunfalismos, que nunca conducen a nada, el balance de nuestro desarrollo
es positivo. Hemos pasado por momentos malos y, desde el punto de vista
del empleo, aún tenemos muchas cosas que hacer. Como tenemos que
seguir preocupándonos de que todos los jóvenes tengan la
posibilidad de acceder a una vivienda digna. O que las personas mayores
disfruten como se merecen de la vida. El Gobierno está preocupado
por estos asuntos y les concede importancia: el empleo, el ofrecer una
oportunidad a todos, que los vascos lleven una vida digna o el acceso a
la vivienda. Hemos hecho grandes logros en temas como la Educación
o la Sanidad, nuestras carreteras, nuestros museos, los palacios de congresos…
Tenemos programas muy actualizados para cohesionar el territorio e invertir
en las zonas más desfavorecidas. Creo, a pesar de todo, que nadie
en su sano juicio puede decir que en este país se vive mal. Hemos
conseguido, con el esfuerzo de todos, tener una sociedad avanzada, que
presenta los rasgos característicos de los países más
desarrollados. Económicamente crecemos por encima de la media de
los países de nuestro entorno y el esfuerzo que han hecho empresarios
y trabajadores para adaptarse a los retos tecnológicos es más
que notable. Tenemos problemas, cosas en las que seguir trabajando para
lograr una sociedad más justa y equilibrada, pero estamos en el
buen camino.
Museo Guggenheim,
Metro Bilbao, Palacio Kursaal, Artium, Aeropuerto de Loiu, Puerto de Bilbao,
Bahías de Bizkaia... Son hoy nuestra tarjeta de visita en el mundo
y hace diez años muy pocos creían en estos proyectos, ¿dónde
está nuestra meta?
Efectivamente.
Hace diez años pocos pensaban que seríamos capaces de hacer
lo que hemos hecho. Algunos –mejor no recordar quiénes-, con una
ironía insana, decían que sólo seríamos capaces
de hacer un país de maquetas. Pues aquí estamos, siendo como
usted dice una referencia en el Mundo. Nuestro progreso económico
y social se estudia en Universidades como Harvard y se pone como ejemplo
de cómo superar las dificultades en materia económica y social.
De cómo alcanzar la modernidad. Nuestra meta está, por lo
demás, donde nosotros la queramos poner. Y no somos un país
que se resigna a perder lo que tiene, así que el futuro tiene que
ser para que el conjunto de los vascos viva mejor y lleve una vida más
digna y justa, desde todos los puntos de vista. Porque no merece la pena
vivir en una sociedad si no es para cambiarla y tener el orgullo de comprobar
que hemos dejado a nuestros hijos una sociedad mejor.
Hablaba
en su reciente viaje a Estados Unidos de la necesidad de iniciar una segunda
transformación económica en Euskadi, ¿en qué
consistiría esa transformación?
El mundo en
que vivimos está en permanente transformación. No valen ya
las recetas del pasado. No sirve ya hacer un master y pensar que nos hemos
preparado para toda nuestra vida. El aprendizaje es permanente. Cada día
debemos levantarnos pensando en aprender una cosa nueva. Y esta actitud
ante la vida es fundamental y básica. Nuestra primera transformación
económica supuso superar la cultura del hierro y del acero. Hoy
hacemos aviones y empresas vascas venden los mejores programas informáticos
antivirus, por poner dos ejemplos. La segunda transformación nos
enfrenta a la sociedad de la información y de las telecomunicaciones.
Aquellos presagios de la aldea global son ya una realidad palpable. Han
dejado de ser teorías. Y esta nueva sociedad que nos atrapa va a
demandar de nosotros esfuerzos y trabajo. Y el progreso, el futuro, va
a depender mucho de nuestra preparación para superar los retos que
tenemos ya sobre nuestra mesa. Y deberemos superarlos, además, haciendo
las cosas bien, con criterios de calidad. Creo que la clave está
en ser capaces de satisfacer todo aquello que nos propongan y hacerlo mejor
que los demás. No caer nunca en la resignación de decir ‘yo
no sé hacer eso o no estoy preparado para aquello otro’. Estar siempre
dispuesto a decir: muy bien, quizá ahora no sepa hacer esto, pero
déjeme unos días y lo intentaré.
Apoyo y
liderazgo son las actuaciones gubernamentales que han conseguido igualarnos
con Europa, que nos han modernizado como sociedad, ¿por dónde
van a ir las líneas maestras de la actuación del Gobierno
vasco en materia socioeconómica para los próximos años?
Nuestros retos
son seguir modernizando el país y dotándolo de las infraestructuras
necesarias. Y no me refiero sólo a las viarias, como suele pensarse.
A las infraestructuras desde todos los puntos de vista. Desde las telecomunicaciones
hasta las que garantizarán cosas que ahora creemos inagotables,
como el agua. Creo que una de las claves está en conseguir un progreso
económico equilibrado junto con el desarrollo sostenible de nuestros
recursos naturales. El crecimiento económico no puede superponerse
al respeto de nuestro entorno natural. Otro reto importante será
no perder nuestras señas de identidad: somos un país solidario
y cohesionado, en el que la riqueza se redistribuye de forma equitativa
y equilibrada, lo que ha permitido que las diferencias sociales en Euskadi
no sean tan acentuadas como en otras partes del Mundo. Yo quiero que mi
país crezca económicamente, que sea rico, pero también
quiero que esa riqueza no se la repartan unos pocos y que alcance al conjunto
de los ciudadanos. Identidad, ciencia, tecnología y solidaridad,
éste es el polinomio del futuro.
En la modernización
de Euskadi y su economía han tenido mucho que ver, además
de las instituciones, los empresarios, trabajadores y sociedad en general,
¿es determinante ese papel activo, de no resignación, ante
los problemas y los retos de nuestros agentes sociales?
Lo he comentado
anteriormente. No es que sea sólo determinante: es fundamental.
Este país lo hemos hecho con el esfuerzo de todos y lo vamos a seguir
haciendo. En este país no hay lugar para la resignación,
porque no nos gusta resignarnos. Nos gusta afrontar los retos y superarlos.
Y este signo de vitalidad que caracteriza a los vascos y las vascas es
una de las cosas de las que uno, como Lehendakari, se siente más
orgulloso. Y cuando más orgullo produce es cuando viajas al exterior
y compruebas la imagen que tenemos los vascos como pueblo serio y trabajador.
¿Cómo
valora la actitud y disposición de los empresarios en este trabajo
colectivo de sacar el país adelante?
Los empresarios
han tenido un papel muy importante en el progreso de nuestro país.
Son personas que, en muchas ocasiones, han decidido quedarse aquí,
invertir en Euskadi, teniendo la oportunidad de haberlo hecho en otros
lugares. Y esta cultura de compromiso con su país les dignifica
mucho. Máxime teniendo en cuenta problemas como el de la violencia.
Otros hubieran arrojado la toalla y se habrían marchado. Nuestros
empresarios, sin embargo, han permanecido y lo han hecho, además,
con un esfuerzo permanente por hacer que sus empresas fueran más
modernas y competitivas. Saben que cuentan con las instituciones de nuestro
país y que el autogobierno que tenemos ha tenido mucho que ver en
todo lo que hemos conseguido, porque siempre hemos estado cerca de ellos
y ellos siempre han tenido una puerta cercana y abierta a la que dirigirse.
Si me permite la expresión creo que hemos hecho las cosas como en
una gran familia, porque tampoco podemos olvidar a muchos trabajadores
que han arriesgado y han constituido sociedades anónimas laborales
o cooperativas, que son un ejemplo en todo el Mundo.
A usted
le gusta "poner cara y ojos" a los proyectos, tanto empresariales como
de otro tipo, ¿la persona es centro de todas sus actuaciones?
Las personas
son el núcleo de la sociedad. Nada se puede hacer sin las personas
o a espaldas de los ciudadanos. Son como la savia que hace crecer árboles
que llegan a ser centenarios. Las personas son el invento de este nuevo
siglo. Yo suelo decir que cada vez que tengamos que tomar una decisión
pensemos que las personas afectadas tienen cara y ojos. Viven junto a nosotros
y les moja la misma lluvia y les da el mismo sol. Me parece importante
no perder esta perspectiva. El desarrollo está bien, la riqueza
está bien, pero deben tener cara y ojos.
Personas
y carácter, ¿ahí está la clave del 'éxito
vasco'?
Sí.
Creo que es una buena definición la que hace. Y creo que define
también muy bien a los vascos y las vascas. Personas con carácter
y con ganas de conquistar el futuro. Que no se resignan ante nada.
¿Comparte
la opinión de que un país pequeño como el nuestro,
para poder seguir siendo una referencia debe especializarse en una actividad
puntera y hacerlo además mejor que otros?
Creo que un
país pequeño como el nuestro, precisamente por ello, no debe
renunciar a nada. Hay quienes hace diez años planificaban un país
de servicios, sin industria. Y el tiempo ha demostrado que aquello era
un error. No creo que el futuro pase exclusivamente por las especializaciones,
sino por hacer bien lo que se haga. Creo que no tenemos que renunciar a
nada porque estamos preparados para afrontar los retos que sean precisos.
Si hemos sido capaces de hacer aviones, cosa que jamás habíamos
hecho, ¿por qué no vamos a poder hacer lo que queramos? Sólo
hace falta que nos lo propongamos. Así de simple.
En esa labor
de liderazgo de la que hablábamos antes, la Administración
vasca apostó por sectores claves en la actualidad, como la energía
y las telecomunicaciones, que han dado sus frutos concretos, ¿la
presencia pública se va a mantener en esos sectores o va a salir
y va a apoyar nuevas áreas de crecimiento?
La labor del
sector público es crear las condiciones necesarias y suficientes
para garantizar una economía diversificada, apostando por las nuevas
tecnologías y por los sectores económicos de futuro. Creando,
en definitiva, las condiciones para que se produzca el desarrollo económico.
Los Gobiernos tienen la responsabilidad de crear entornos donde la actividad
económica y social sea factible y real. Y los Gobiernos no pueden
ni deben suplantar a la sociedad en su responsabilidad de generar riqueza
y progreso. Este paradigma me parece fundamental, porque en muchas ocasiones
se confunden las responsabilidades de unos y otros. El Gobierno tiene la
responsabilidad de servir a la sociedad y nunca debe caer en la tentación
de sustituirla.
Pasando
a cuestiones más políticas, nos acercamos al plazo fijado
por usted, el próximo mes de septiembre, para presentar el articulado
de su propuesta de normalización, ¿confía en sacar
adelante su proyecto?
Anuncié
que nos dábamos un año para debatir sobre esta propuesta.
Lo hemos hecho, a pesar de que algunos, especialmente algunos partidos,
se han negado a ello. Sólo han sabido criticar la propuesta, pero
no conozco cuál es su alternativa. Cuando uno no está de
acuerdo con algo, que es legítimo, tiene la responsabilidad de decir
qué alternativa de futuro propone. Y no vale refugiarse en eslóganes
como que se rompen las reglas de juego o que es un plan sólo para
una parte de la sociedad. Los que dicen lo primero son precisamente los
que no han respetado el Estatuto de Gernika, y han roto aquel acuerdo de
forma unilateral. Los segundos se olvidan que el fundamento del plan es
el acuerdo entre todos y que, finalmente, serán los ciudadanos los
que decidan democráticamente. ¿Cómo puede decirse
que la voluntad democráticamente expresada de los ciudadanos divide
a los mismos? El articulado se presentará en otoño e iniciaremos
un nuevo debate, que yo confío en que será útil como
lo ha sido en la anterior fase, en la que más de 33.000 familias
vascas han participado.
¿Cuál
va a ser el 'timing' de su propuesta tras el debate de septiembre?
La propuesta
se debatirá en el Parlamento y a éste corresponde decidir
cómo se hará. Posteriormente, en su caso, será transmitida
a la sociedad para que la conozca y la evalúe. Y le corresponde
a ella y a sus fuerzas políticas, a los agentes económicos
y sociales, a las asociaciones, a todos, estudiarla y proponer un debate,
un análisis, porque las cosas las hacemos para que todos participen
y para que todos ofrezcan su opinión, porque de las opiniones ajenas
siempre se aprende algo. De los que no se aprende nada es de los que siempre
dicen No a todo.
Tal como
está el panorama político actual, ¿es su plan la única
salida en positivo al conflicto vasco?
Nosotros,
desde el Gobierno, hemos propuesto una salida. Una alternativa que cuenta,
de salida, con el consenso de tres partidos políticos. Dos nacionalistas
y uno federalista. Lo digo porque me llama la atención aquellos
que se cansan de reclamar acuerdos que sólo pasan por lo que ellos
piensan. La propuesta que en nombre del Gobierno he presentado tiene, por
el momento, el mayor consenso que se conoce, ya que la comparten alrededor
del 48 por ciento de los ciudadanos. Piense usted que Aznar gobierna con
mayoría absoluta con el 44 por ciento de los votos. Así que
no sé qué otra propuesta, por el momento, tiene un grado
de consenso mayor. Si la hay, que se presente, porque la discutiremos de
forma razonable y serena.
Pese a esta
situación tan enconada, ¿contempla un escenario en el que
tenga que retirar su propuesta o no pueda ser sometida al refrendo popular?
Yo, por mi
carácter, soy contrario a pensar en negativo. Siempre procuro
ver la cara más amable de las cosas y siempre me levanto pensando
qué puedo hacer para que los problemas se solucionen. No sé
exactamente qué será de esta propuesta concreta, pero sí
sé que los vascos van a decidir democráticamente su futuro.
Sea con esta alternativa o con otra. Eso es lo de menos, pero los vascos
van a decidir su futuro y no van a dejar que nadie lo decida por ellos.
¿En
qué basa su optimismo?
Mi optimismo
es una necesidad vital para vivir. Me cuesta trabajo comprender a los pesimistas,
a los que se levantan todos los días viéndolo todo negro,
sin salidas, sin alternativas. Eso lleva a la decepción y a la resignación,
porque da lo mismo lo que hagas: otros lo estropearán e impondrán
su voluntad. Pues no. No da lo mismo lo que hagamos. Depende de nosotros,
de cada uno de nosotros, lo que vaya a ser nuestro país. Nosotros
somos los que vamos a decidir y para lograrlo debemos ser optimistas. Las
botellas nunca están medio vacías, siempre están medio
llenas. Debemos ilusionarnos con lo que tenemos para conseguir lo que anhelamos.
Si en los últimos veinte años no hubiéramos actuado
así hoy no seríamos lo que somos: un país al que mira
mucha gente, especialmente en el exterior.